jueves, 23 de febrero de 2023

La gargantilla (Por E.)

 




Ella sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero aún así le podía más el deseo de estrenarla que el sentimiento de responsabilidad.

Él le había regalado una gargantilla hecha a mano por un joyero amigo de la familia, pero le habían dicho que no debía usarla hasta dos semanas después porque el engarzado de las piedras se estaba asentando todavía.

Cuando la vió le fascinó. Era joyería antigua, de la que le gustaba. Era un cumpleaños especial.


Esa noche salía con las amigas a celebrarlo y no se pudo resistir. 

Se puso un vestido negro y cogió esa pieza tan bonita para darle el toque final.

Disfrutó de la noche y llegó ya de madrugada. Él ya estaba dormido, así que no encendió la luz. 

Se quitó la gargantilla con cuidado y la dejó en la caja de nuevo.


Una semana más tarde era la celebración con él. Habían reservado en un restaurante coreano y esa noche era el momento perfecto.

Se arreglaron y cuando fue a abrir la caja para ponérsela lo vió. Faltaban tres piedras en la gargantilla. Probablemente se habrían caído esa noche y no se había dado cuenta.

Su cara era un poema. A ver ahora cómo se lo decía...


- Va nena, qué te falta? Vamos justos.

- Ya voy Santi, dame un minuto.

- La vas a estrenar? - él entró a la habitación inocente y la vió con la caja.

- Mmmm...no sé. Quizá no me pegue mucho hoy.

- Cómo que no? Te va de maravilla! Déjame, yo te la abrocho.

- Santi...- echó la mano a la caja para que no la cogiera.

- Qué pasa? No te gusta? Si te encantó al abrirla, no?

- No es eso...- su voz empezaba a aflojarse

- Y entonces? - él no entendía nada


No sabía mentir. Le acercó la caja para que lo viera.


- Y esto?? Si faltan piedras!!


Ella bajó la mirada.

Él se acordó de las indicaciones del joyero. Necesitaba un par de semanas más para asentarse. Se la llevó antes porque era un regalo, pero con la promesa de no sacarla de la caja.


La miró serio y ella se hizo pequeñita.


- La has estrenado antes de tiempo,verdad?


No contestó, solo dió un paso atrás. Por su lenguaje corporal él lo tenía claro. No hacía falta más.


- Eres increíble nena.


Salió de la habitación enfadado. Era muy impaciente y demasiado caprichosa a veces.


Ella se quedó quieta en la habitación. No sabía qué hacer.

Le escuchó en el salón buscar la cajetilla de tabaco y abrir la puerta de la terraza para relajarse. 

Ella se sentó en la cama.

Un rato después entró. Ella le miró tímidamente. 


- Vamos, la reserva es en veinte minutos.


Salieron en silencio. El camino fue bastante tenso. Seguía molesto. Ella no se atrevía a decir nada. 

Al llegar al restaurante se sentaron en un reservado, era bastante íntimo. No estaba cerrado, pero sí bastante oculto con unos biombos.


- Lo siento Santi... No pensé que se fuera a estropear así. 

- Es que no tenías nada que pensar. Nos dijo dos semanas. Tan difícil es esperar dos semanas??

- Tenía muchas ganas de enseñársela a mis amigas...

- Muy maduro, sí...

- Santi...

- Tú sabes lo que me costó conseguirla? Y lo que me costó convencerle para que me dejara sacarla de la joyeria antes de tiempo? Y ahora qué? Vamos a ir a que me ponga la cara roja por no saber cumplir con sus indicaciones??

- Le diré que fui yo...

- Te merecerías que te diera unos azotes ahora mismo! 


En ese momento entraba el camarero. Le oyó perfectamente la frase final. Ella se puso roja como un tomate y fue incapaz de mirarle a la cara. 

A él le podía aún el mosqueo y mantuvo el tipo. Pidió por los dos lo acordado y se quedaron solos de nuevo.


- Te ha oído...

- Probablemente.

- Qué vergüenza Santi, me quiero ir...

- De eso nada, nos vamos a quedar a cenar.

- Pero te ha oído lo de los azotes!

- Y?  Qué crees que va a pasar en cuanto que lleguemos a casa? 

- Santi...

- De hecho no vamos a esperar. Bájate las braguitas. 

- No...- su cara era del color de las cerezas.

- Levántate.

- Santi...

- Ahora - le hablaba en un tono bajo pero muy severo.


Se levantó tímidamente. Estaba a su lado. 

Él metió ambas manos por debajo de su falda hasta alcanzar la cinturilla de las braguitas. Empezó a bajarselas muy lentamente. Se las dejó a medio muslo.


- Siéntate.


Se sentó de inmediato. Estaba muy perturbada. 

Llevaba un vestido con minifalda y al sentarse la parte baja de su trasero tocaba la madera de la silla.


Poco después entró el camarero con los entrantes. Estaba claro que les había oído antes. Se volvió a marchar rápido.

A él no le importaba mucho.


- Ahora tenemos un rato a solas. Ponte de pie y levántate el vestido.

- Santi por favor...

- U obedeces o te pongo ahora mismo sobre mis rodillas.


Se incorporó y poniéndose de frente a él se levantó tímidamente el vestido.


- Date la vuelta.


Se giró dejando ante su vista su culo desnudo.

Le dió un par de cachetes suaves.


- Vas a aprender a ser obediente...

Ella estaba en silencio. Sentía una mezcla de vergüenza, pudor y excitación intensa.


- Saca el culo.

- Por favor...

- Saca el culo - lo dijo remarcando las sílabas.


Se inclinó un poco hacia delante. Podía ver a través de los biombos el resto de la sala. De momento no se acercaba nadie.


Empezó con los azotes. Eran más flojos de lo habitual para evitar el ruido, pero el efecto mental era más intenso.

Tras diez paró. La giró y la hizo sentarse así. Con las braguitas a medio muslo y casi temblando.


Empezaron a cenar y poco a poco se fue relajando. Le costó un poco, pero llegaron a tener una conversación bastante distendida. 

El momento del postre fue especial. Le trajeron una tarta y mientras el camarero la partía él metió su mano por debajo del mantel y la buscó.

Estaba empapada. 

Intentaba cerrar sus piernas para que parara, pero no podía. Él sabía hacerla sentir muchas emociones. 

Su rostro estaba agitado de nuevo.

Por fin salió el camarero y volvieron a tener intimidad.


- Eres un cabrón...

- Y tú una niña malcriada e impaciente que se ha metido en un buen lío...


Terminaron de cenar. Poco después pagaron la cuenta,le subió las braguitas, la cogió de la mano para salir y se fueron hacia el coche.

El camino de vuelta de nuevo fue en silencio.

Al llegar a casa se fueron directamente a la habitación.


- Ponte la camiseta y el pantalón del pijama sin nada debajo y me esperas en el rincón mirando la pared. Las manos en la espalda.


Se fue al baño a lavarse los dientes y a dejarla espacio. Al volver la vió tal y como la había ordenado.


Se sentó en el borde de la cama y la llamó.


- Ven aquí. Justo aquí delante. 


- Cumples cuarenta años pero tu comportamiento es más bien el de una cría de catorce. No te parece?

- Pensé que aguantaría...

- Te mereces quedarte con ella rota por impaciente, pero es una pena dejar esa pieza así.

- Yo pagaré el arreglo...

- Vamos a hacer otra cosa. Hablaremos con Julio (el joyero) y nos dirá los días que ha tardado en hacerla y los que le llevará arreglarla.. Esos son los días que estarás sin tu tarjeta de crédito. Cualquier cosa que necesites me lo pedirás primero y ya veré yo sí te lo mereces.


Oír eso la hizo sentirse muy pequeña. Castigada como una cría por impulsiva. 

Estaba colorada. No podía rechistar.


- Y ahora retira las manos. 


Las llevó a sus laterales.

Él desabrochó su pantalón del pijama y lo dejó caer hasta los tobillos.


- Sabes qué debe de estar pensando el camarero?


Ella al oírle se ruborizó más.


- Que ahora estarás en casa con el culo al aire recibiendo una buena azotaina. No creo que sea habitual que atienda a mujeres adultas a las que hay que castigar como a crías...


La vergüenza cada vez era mayor, pero pensar en la escena del camarero la hacía excitarse aún más.

Él se lo notó. Llevó su mano a su sexo y lo comprobó. 


- La próxima vez te pondré sobre mis rodillas ahí mismo y te dejaré el culo ardiendo, y me dará igual si hay gente mirando. Está claro?


Sus dedos resbalaban por su sexo mientras la avergonzaba. Su respiración se agitaba. 


- Y ahora señorita, ya sabes dónde te quiero.


Sacó su mano de su intimidad y se golpeó suavemente en las rodillas.

Ella se tumbó sobre él. Estaba totalmente excitada, más que otras veces. 

Sintió el primer golpe en sus nalgas. Y a continuación una sucesión de azotes que empezaban a calentar su culo. Al principio picaba un poco, pero estaba en una especie de trance.

No supo exactamente cuánto tiempo estuvo así hasta que empezó a costarle estarse quieta.

Cuando él paró recuperó su postura y esperó obediente a la siguiente indicación.

Él la agarró pero sin tocarle el culo. Lo tenía ya bastante rojo. La oía suspirar 


- Escuece? Está de un bonito color rojo...


Ella llevó una mano hacia atrás e intentó acariciarse, pero él la interceptó.


- De eso nada señorita, si tan atrevida eres para saltarte las indicaciones aguanta ahora las consecuencias. Y prepárate! No hemos acabado. Vete al rincón


Se levantó despacio y se colocó mirando la pared. Destacaba el color de su culo, de un tono rojo oscuro. 


- Manos a la cabeza, vamos.


Cogió dos almohadas y las colocó en la cáma. Abrió el cajón de los castigos y cogió un cinturón que ella misma había elegido en una de las últimas compras.


- Ven aquí.


Se dió la vuelta y le vió con la gargantilla en la mano. 


- Cuenta. Cuántas piedras tiene?

- 62...- dijo bajito

- Y faltan tres, verdad?

- Te vas a llevar 62 con el cinturón y al acabar te daré otros 3 en un lugar especial. 

- Santi...- lloriqueó bajito

- Túmbate en la cama.


Obedeció y se echó en la cama elevando sus caderas con las almohadas. 

Él cogió el cinturón y midió la distancia. 

Empezó fuerte desde el principio. Ella aguantaba en silencio. 

A mitad paró y la dejó unos minutos para recomponerse.

Le brillaba el culo. 


Al oírle coger de nuevo el cinturón se tensó. Se agarró fuerte a un cojín y esperó.

Él volvió con los azotes. Rítmicos, cubriendo bien todas sus nalgas, pero especialmente la parte más baja. 

Los últimos doce le contaron mucho. La tuvo que colocar varias veces bajo la amenaza de aumentar el número. 

Al acabar estaba exhausta.

Esperó un rato en silencio observándola. Su cuerpo se iba relajando y su respiración se iba tranquilizando.

Cuando la tuvo en calma le dijo.


- Quítate el pantalón y túmbate boca arriba.


Ella le miró desconcertada y con cierto miedo en la.mirada.


- Estoy esperando.


Se quitó el pantalón y se dió la vuelta despacito. Apoyar el culo en la cama en ese momento no era muy divertido.

Él la observaba de pie desde un lado de la cama.


- Dobla.las rodillas y abre bien las piernas.

- Santi...


Él se acercó y la colocó. No fue brusco, solo la.puso en la posición que le había dicho.

Así quedaba abierta y expuesta. 

Se veía perfectamente sus labios hinchados y húmedos.


- Quedan tres, recuerdas?

- Sí...

- No quiero que cierres las piernas ni que te muevas. Sí lo ha es empezareyde cero, entendido?

- Sí...- hablaba bajito. De nuevo estaba tremendamente excitada.


Él se acercó, midió el cinturón y esta vez desde más cerca le dió el primero en su sexo. 

Hizo un amago de cerrar las piernas pero aguantó. Le picaba. No había sido muy fuerte, solo lo suficiente para que lo notará.

Él segundo fue parecido, solo que ya escocía un poco más. Se mordió los labios para no gritar.

Y llegó el tercero. Éste sí fue más fuerte. 


- Las piernas quietas.


Esa orden la inmovilizó. Estaba totalmente expuesta, con el culo en llamas y con un picor en su sexo mezclado con excitación y humedad. 


Se acercó despacio y se tumbó entre sus piernas. Con su lengua le lamió lentamente sus labios. Un gemido intenso salió de su boca.

Siguió así un rato escondido entre sus piernas hasta hacerla llegar casi al climax. Entonces paró, la dió la vuelta y así boca abajo la folló hasta que ambos acabaron agotados.


Fue una experiencia muy intensa. Él mejor regalo de cumpleaños que podría haber imaginado.


1 comentario:

  1. Me encanta leer un relato desde la perspectiva de la spankee. Muy buen escrito y excitante. Gracias!:)

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