- Hola!!! No esperaba encontrarte en casa.
- Pues aquí estoy.
- Ya lo veo ya.
Primer día de la vuelta a la normalidad después de la Navidad, que cómo siempre se habían hecho larguísimas.
- No tenías que ir a cambiar aquel pantalón.
- Pfffff paso, estoy agotada, he tenido un día de mierda y necesito estar tranquila.
- ¿No era el último día?
- Si, pero paso, da igual hay sitio en el armario.
- Estás vestida, venga va ponte unas zapatillas y vamos en un momento te acompaño.
- Que no joder!!!! Tengo cero ganas de salir.
- ¿Y el árbol?
- Muy bonito.
- Está mañana me has dicho: "cuando llegue desmonto el árbol y voy a cambiar los pantalones".
- Pues si tanto te molesta ya sabes. La caja está en el despacho.
Conozco esa actitud, es la expresión de una extraña necesidad, una forma de pedir algo. Me quité la chaqueta, la puse en el respaldo de la silla y le solté:
- Tenemos el día tonto ¿Verdad?
- ¿Cómo?
- Levántate del sofá.
- ¿Pero que dices?
Suspiré, pero con uno de aquellos suspiros, que dicen hasta aquí. Me fui para ella y la levanté del sofá a la fuerza.
- Si te digo, que te levantes, te levantas pero volando. Y se acabó la tontería si tú estás cansada yo también.
No le di tiempo a reaccionar, tiré de ella cogiendo a la vez la silla en la que había colgado la chaqueta. La puse en el centro del salón, me senté y sin decir nada, las dos manos le agarraron la cintura de los vaqueros y empecé a desabrochárselo, por un momento intentó evitarlo, pero una contundente palmada en el muslo, seguida de un:
- Vuelve a intentarlo.
Fue suficiente, desabrochados los botones, de un par de tirones secos, bajaron hasta las rodillas.
- Has agotado el cupo de impertinencias e ironías.
Otro tirón, este del antebrazo y a mis rodillas. Nada más caer sobre ellas la sujeté de la cintura y empecé a darle una zurra con ganas y energía desde el primer azote. Para mí sorpresa no opuso ninguna resistencia ni queja, ni tan siquiera cuando unos minutos después, le bajé las pequeñas braguitas, que apenas cubrían nada. Por un instante pasé la mano por ambas nalgas, ya rojas y calientes, antes de seguir con la zurra, ya con el culo al aire. Me aseguré bien de dejárselo bien rojo y cubrir todo el culo. Quería que lo sintiera arder y palpitante durante un buen rato.
Cuando paré, sin soltarla, le separé un poco las piernas y sin juegos previos, ni caricias le metí dos dedos en el sexo y ahí escuché el primer gemido. Jugué un poco a meter y sacar los dedos cada vez más rápido, ella aún separó más las piernas y arqueó la espalda, entonces paré.
- ¿Crees que te mereces un premio?
Sin decir nada más le di una docena más de azotes.
- Levanta, quítate los vaqueros y las braguitas.
Suspiró y se levantó, frente a mí ruborizada se quitó los vaqueros, le indiqué que los dejase sobre mis rodillas y cuando se quitó las braguitas se las pedí, las puse en el bolsillo de la chaqueta y le di los vaqueros.
- Póntelos.
Se los puso.
- Ve a ponerte unas zapatillas, coge la chaqueta y los pantalones para devolver, que vamos a cambiarlos.
A los cinco minutos, estaba lista y ruborizada. Nos acercamos al centro comercial, el camino de ida fue silencioso, pero una vez cambiados los pantalones, por otros que si le gustaron la vuelta, fue normal, hablando en el coche y hasta riendo.
Subimos a casa, y nada más cerrar la puerta le cogí la bolsa y le dije.
- Mientras desmonto el árbol, te quiero ver en el rincón con los vaqueros en los tobillos.
Un par de palmadas para reforzar la idea.
Fui hasta la habitación, dejé la bolsa, me cambié de ropa y me fui para el salón. Allí estaba, mirando la pared, con los vaqueros en los tobillos y el culo rojo aún. Me tomé mi tiempo para desmontar el árbol de Navidad, es más cuando estuve me fui a buscar una cervecita y me senté tranquilamente en el sofá. Le di un par de tragos y la llamé.
Se dio la vuelta, caminó hacia mi con los vaqueros en los tobillos y el colorete natural en las mejillas. Hasta llegar frente a mis rodillas, las manos en la espalda.
- ¿Pensabas que se había acabado?
Resopló sin contestar.
- Pues pensabas mal, has sido una impertinente, gruñona y ya sabes cuál es la vacuna para estos casos ¿Verdad?
- Si...
- ¿Cuál es?
- Una azotaina...
- Exacto, pero hay un problema tengo la mano cansada, yo también me canso y no es justo que me duela más a mi que a ti, así que tráeme el cepillo para vacunarte.
Ahí si hubo un soplido que no me gustó nada, así que me levanté, la cogí del brazo, la puse a tiro y le di unas cuantas palmadas de pie.
- ¿Tengo que repetirlo?
No hizo falta, me volví a sentar y le di un par de tragos más a la cervecita, y la volvía a tener frente a mí con el cepillo en la mano. Se lo hice dejar en el brazo del sofá. Me di un par de palmaditas en el regazo. Obediente se estiró sobre mis rodillas, de inmediato mi brazo izquierdo rodeó su cintura.
- Levanta bien el culo.
Cogí el cepillo y empecé a jugar con el pasándoselo sobre la piel aún algo enrojecida, alternaba las dos caras del cepillo, la lisa de la madera y la áspera de las púas.
- Vamos a hacer un juego de concentración, los dos vamos a contar mentalmente los azotes, al terminar me dirás cuántos te has llevado y si no coinciden, volveremos a empezar hasta que coincidan. Así que ya sabes.
Entonces empecé a "trabajar" con el cepillo, ni muy rápido, ni muy lento, constante y alternando siempre cachete y cachete. Entre medias hice dos pausas más o menos largas, en las que volvía a jugar a las sensaciones con el cepillo, sólo que cada vez con el culo más encendido. Tras un buen rato paré, dejé el cepillo a mano por si acaso y le dije.
- ¿Cuantos han sido?
Cogió aire profundamente y dijo.
- Yo he contado 72...
- ¿Y eso cuántas docenas son?
- Seis...
Empecé a acariciarle el culo con la mano, lo tenía al rojo vivo...
- Bien, veo que te has concentrado.
Un par de minutos acariciándole el culo, y mis dedos se colaron entre sus piernas.
- No hay forma de que te castigue sin que te guste...porque este charco no tiene otra explicación.
Yo también notaba mi erección y más cuando empecé a jugar con mis dedos por todo su sexo, ella empezó a moverse primero, pero después con todo el descaro, elevó el culo y separó las piernas ofreciéndose para que siguiera.
- Serás descarada!!! Ya te dije antes que hoy no había premio y eso que yo también me voy a quedar con las ganas!!!.
De inmediato dejé de masturbarla y le di un último recordatorio con la mano, corto, pero rápido y enérgico.
Un rato después, estábamos los dos el sofá, ella con su cabeza en mi pecho y yo con mi mano en su culo caliente. Relajados, tranquilos y sin premios...por el momento.

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