sábado, 19 de noviembre de 2022

Los compromisos son sagrados.

 



Cuando entré al comedor, la pillé de lleno, se estaba frotando el culo. Me fui directo a ella y le di dos azotes, uno en cada nalga muy roja que retumbaron en todo el piso y parte del vecindario imagino.

- Te he dado permiso para "aliviarte"? Pues pon las manos sobre la cabeza y si escuece te aguantas y piensa porqué.

Esa imagen era habitual en casa. Ella mirando a la pared quieta, con las manos en la cabeza, los vaqueros a la altura de las botas y el culo desnudo y rojo como un tomate. 

Todo había empezado unas horas antes, llegué de trabajar a casa y no estaba. Habíamos quedado en ir a hacer la compra aquella tarde, para así no tener que ir el sábado y descansar. Pero al llegar no estaba así que la llamé.

- Dónde paras nena?

- En el centro, por?

- No habíamos quedado en ir a hacer la compra.

- Pufffff, ya pero María me ha dicho que tenía que bajar al centro a hacer unas compras y yo también tengo que comprar alguna cosa así que aprovecho, ya iremos mañana.

- Bueno da igual, ya iré yo 

- Que no ya vamos mañana, no viene de ahí

- He dicho que ya voy y ya hablaremos.

Colgué el teléfono, hice una lista y me fui al supermercado. De vuelta aún no había llegado así que subí la compra y me puse a colocarla. Y en ello estaba cuando llegó muy subidita por cierto, lo primero que me soltó fue:

- Al final has ido no?

- Si, claro 

- Pues mejor y por cierto cuando me llamaste tenía puesto el altavoz, así que María ha escuchado perfectamente todo, te agradecería que otra vez, te contengas. Gracias.

No me lo podía creer, me estaba regañando a mi, cuando había sido ella la que había incumplido el pacto. 

- Nena, no me calientes..

- Si te calientas, en la ducha tienes agua fría para refrescarte.

Cerró la puerta de golpe y se fue dejándome con la palabra en la boca. Dos cosas que no soporto, los portazos y que me dejen con la palabra en la boca. Pero en un ejercicio de contención seguí colocando la compra. Cuando terminé me fui al comedor, allí estaba con la cara hasta el suelo, sentada con las piernas cruzadas mirando la tele. Nada más llegar cogí el mando y la apagué.

- Se puede saber qué haces? Estaba viendo la tele.

- Ya lo has dicho bien. Estabas en pasado, porque ahora vamos a hablar.

- No hay nada de que hablar.

- Cómo?

- Pues eso, estoy enfadada y mejor que no hablé enfadada.

- Tú estás enfadada? Por qué?

- Ya te lo he dicho y no voy a repetirlo.

- Ahhhh vale, tú estás enfadada y yo?

- No sé es tu problema.

- Mira nena, no sé qué pasa por tú cabeza, pero con esa soberbia sólo vas a llegar a un sitio.

- Soberbia la tuya "ya hablaremos en casa" no veo el drama, hubiéramos ido a comprar mañana y ya.

- Eso es lo de menos, ya he ido yo y no pasa nada, pero comprenderás que si quedamos en algo y no tan siquiera me avisas, me toque un poco la moral.

- Muy sensible eres tú.

- Piensas seguir así todo el rato? Me estoy empezando a hartar.

- Tranquilo, no sufras por eso. 

Entonces se levantó con la intención de irse a la habitación. No me lo podía creer, segunda vez que intentaba dejarme con la palabra en la boca. Al intentar pasar le corté el paso plantando me delante. 

- Pffff me dejas pasar por favor, voy a ponerme el pijama.

- Vuelve dónde estabas y no voy a repetirlo 

Intentó pasar varias veces y se lo impedí.

- Me quieres dejar pasar de un puta vez!!!!

Nada más decirlo le lancé una mirada penetrante, la cogí del brazo por encima del codo con fuerza.

- Ya he tenido bastante de tu actitud por hoy.

- Suelta joder!!!!


Le di la vuelta y un par de azotes.


- Ni se te ocurra volver a levantar la voz y vigila esa boca, o aún vas a probar el jabón.


Con cierta brusquedad autoritaria, la llevé de vuelta al sofá, sólo que ahora el que se sentó fui yo y con la misma brusquedad autoritaria la puse sobre mis rodillas, la agarré con el brazo izquierdo de la cintura, pasé mi pierna derecha por encima de las suyas y empecé a azotarla con ganas encima de los vaqueros. 

- Desde que has entrado por la puerta, sabía que ibas a acabar así, bastante paciencia he tenido ya contigo, este rato. 

El ímpetu con el que la zurraba y la tela dura de los vaqueros hicieron que se me agotase la mano pronto, de hecho tras un rato me dolía y paré.

- Levanta.

Se levantó, ya sin mirarme y más tranquila. Pese a la protección de los vaqueros me había empleado a fondo, así que seguro que su culo también irradiaba ya calor. Sin decir nada le desabroché el cinturón. Resopló.

- Ya sabes cómo funcionan las cosas, si tú actitud es infantil, las consecuencias también.

Le quité el cinturón de un tirón y lo dejé en el brazo del sofá. Su propio cinturón me iba a ser muy útil. Le desabroché el botón de los vaqueros, le bajé la cremallera, separé la abertura debajo una tela negra semitransparente de un tanga. Empecé a pelearme con los malditos vaqueros elásticos para bajarlos, hasta dejarlos a la altura de las botas negras hasta debajo de las rodillas. El tanga fue más sencillo, un rápido tirón y ahí estaba frente a mí vestida, pero desnuda. La miré otra vez. 

- Te tengo que poner yo?

Suspiró...

- Quiero ver ese culo en mi regazo ya.

Toda la soberbia ya se había evaporado y resignada se puso en mis rodillas. Pasé mi mano por sus dos globos carnosos, ya bastante calientes y para mí sorpresa también bastante rojos, así tenía yo también la mano. Dándole unos azotitos suaves le dije.

- La soberbia y el dejarme con la palabra en la boca nunca auguran un buen diagnóstico para tu culo, haces que me obligue a emplearme a fondo con él.

Y empezó a sonar el sonido inconfundible y rítmico de una buena azotaina a mano sobre las rodillas, sonido que ya no se detuvo por un largo rato, sin variaciones de ritmo. Constante, insistente y ardiente. Hasta cansarme y dejarle el culo incandescente cómo la lava del volcán de la Palma. 

Al parar empecé a pasar mis dedos por la piel palpitante y sensible. Los azotes hacen que por un momento la textura suave se haga rugosa en un efecto parecido al de la piel de gallina. Ella agradeció las caricias con un largo suspiro. Estuve un buen rato con ellas, sólo en las nalgas, más rato del que había estado azontandola. 

Hasta que le di un par de cachetitos y le dije 

- Levanta coge una silla, ponla con el respaldo mirando al balcón y apoyando las manos en el asiento, me ofreces bien el culo.

Fue un proceso a cámara lenta, pero ya totalmente rendida. Cuando estuvo en posición, la dejé un rato ahí esperando. Hasta que me levanté cogiendo su propio cinturón, que había dejado en el brazo del sofá. Lo doble y lo puse en su espalda, mientras me subía las mangas. Cuando lo cogí de nuevo, le pregunté.

- Cuantos azotes crees que merece tu actitud?

No respondió.

- Bueno entonces decidiré yo y no te voy a decir número, cuando dibuje el cuadro que tengo en mente, habré terminado.

El siguiente sonido fue el del cuero cruzando su piel, seguido de un suspiro, tres o cuatro más y las franjas que pintaba el cuero en su piel eran ya bastante visibles. No había ninguna prisa, así que cada tres o cuatro cinturonazos, hacia un pausa, dejando que sintiera bien los efectos de la peculiar mordida del cinturón castigando su culo. No los conté pero debieron ser sobre la treintena de azotes. Más que suficientes para dejar un rectángulo perfecto rojo repleto de puntitos más rojos sobre la curva de sus nalgas. 

Con tranquilidad dejé el cinturón de nuevo en el brazo del sofá, me senté mientras ella seguía aún en la posición y así la tuve un rato, hasta que fui a buscarla, la levanté cogiéndola de la oreja y sin soltarla la llevé al rincón, manos sobre la cabeza, culo al aire bien marcado y caliente y me fui a la cocina a fumar. De vuelta fue cuando la pille frotándose y le di ese par de azotes. Tras los cuales simplemente me senté a observar cómo lidiaba con el escozor del castigo.

Así la tuve diez minutos hasta que la llamé. Se acercó a mí mirando al suelo hasta situarse frente a mis rodillas en el sofá de pie. 

- La próxima vez recuerda que esos humos, son fáciles de reubicar en tu culo.

La cogí de la mano y la guié de nuevo a mis rodillas, empecé a dibujar circulitos en sus nalgas con la yema de mis dedos, podría pasarme horas sobandole el culo y más después de azotarlo, pero me pudo la tentación de comprobar cómo estaba su coño y cómo imaginaba era como un lago de agua caliente, mientras empezaba a jugar con mis dedos por todos los pliegues húmedos de su sexo, con un dedo de la otra mano también jugueteaba entre sus nalgas, buscando ese otro agujero oculto y sensible, casi a la vez que dos de mis dedos entraban en su coño, otro hacía lo mismo en su culo y al mismo ritmo empezaron a entrar y salir.

El sonido de los azotes cambió a los suspiros y los jadeos, que terminan en espasmos y gritos.






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