La ley de Murphy y la procrastinación tienen mucho en común, de hecho cuanto más dejes algo para última hora, más posibilidades hay de que cualquier imprevisto haga que salga mal.
Ella podríamos decir que entra dentro del perfil de persona en exceso responsable para con los demás, pero procrastinadora a más no poder consigo misma y con sus cosas. Llevaba días diciéndole que había que hacer la transferencia para pagar la fracción de IBI y que en unos días terminaba el plazo. Cómo de costumbre, todos mis avisos iban seguidos de un.
- Ya me lo has dicho ochocientas veces, hoy voy.
Hasta que llegó el último día de plazo y al recordárselo encima tuvo la jeta de decirme, que vivir al límite era divertido y que yo era un cuadriculado germánico. Me lo tomé a bien pensando que pese a todos al final acababa haciéndolo, a última hora pero lo hacía.
Pero claro ese vivir al límite tiene sus riesgos y Murphy hizo su trabajo que es lo que pasa cuando no tienes margen de maniobra. Resultó que aquel día una compañera había enfermado y el resultado fue que no pudo salir a hacer la gestión. Espero a última hora para decírmelo, pero a mí también me era imposible y así que corté la conversación, con esa frase tan demoledora:
- En casa ya hablaremos de esto.
Al llegar a casa, ya estaba con su sonrisa de templar ánimos y yo estaba cansado y tampoco mucho por la labor.
- Que ha pasado?
- Pues que la de siempre, ha llamado diciendo que estaba enferma. Si es que parece que lo haga a caso hecho, joder!!!!
Lo dijo así cómo con tono de indignación que realmente sonaba a excusa mala.
- Nena, son tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Lo primero es que esto lo sabes desde primera hora, me llamas en ese momento y solucionado.
- Es que no quería molestar y pensaba que tendría un hueco...
- No me interrumpas!!! Hacer eso te hubiera evitado el 20% de recargo, pero nada más, no te hubieras ido de rositas. Llevo dos sanas con el tema y encima me vacilas en plan "me gusta vivir al límite" y me parece genial, pero si te gusta vivir al límite asume las consecuencias de tomar ese riesgo. Porque no es la primera vez, es algo cíclico.
- Pffff pero ya es casualidad que precisamente hoy...
- Es lo que tiene vivir al límite, que el mínimo imprevisto y pasa lo que pasa, ahora a pagar con un 20% de recargo.
- Bueno tampoco pasa nada, la que paga soy yo.
Me levanté sin decir nada me fui hacia ella la cogí de la cintura por detrás contra mi pierna y le di una docena de azotes, sobre los leggins de estar por casa que llevaba. La solté y le dije.
- Me pillas cansado, pero estamos a miércoles, para el viernes quiero un texto de tu puño y letra sobre procrastinar y te aviso cómo no lo tenga, te vas a pasar el fin de semana de pie. Me voy a dar una ducha.
Y allí la dejé ruborizada y frotándose el culo. Ya no se comentó más el incidente, ni aquella tarde/noche, ni al día siguiente, ni el mismo viernes por la mañana. Ni tan siquiera le envié un mensaje de recordatorio.
El viernes de vuelta a casa ya para empezar el fin de semana, al entrar estaba sentada en el sofá y vi el cuaderno de faltas en la mesita, al entrar se acercó con el, me dio un beso, puso morritos y me dio el cuaderno.
- Y esto?
- El texto que me pediste.
- A última hora también?
- Qué más da. Lo he hecho.
- Me parece genial, ve a ponerte el pijama y me esperas en el despacho voy a darme una ducha y estoy por ti.
Dejé mis cosas fui a por ropa cómoda y le metí en el baño. Alargué bastante la ducha de hecho me estuve arreglando la barba, con lo que debí tardar una media hora en salir, al salir me fui directo a la habitación despacho y allí estaba con el cuaderno sobre la mesa y jugando con el móvil. Al escuchar la puerta dejó el móvil. Me acerqué.
- Levanta.
Se levantó y tal y cómo lo hizo cogí la silla, le di la vuelta y la puse mirando a la puerta, me senté, le di el cuaderno y le dije.
- Léeme lo que has escrito
- Qué?
- Ya me has oído.
Los colores empezaron a subirle, nerviosente empezó a buscar la página y con voz aniñada leyó el título.
- Los peligros de dejarlo todo para última hora.
- Para.
Me miró extrañada. Me incliné un poco sin levantarme y de un tirón le bajé el pantalón del pijama hasta los tobillos.
-Continua, por favor.
Suspiró y su cara aún se puso más roja, frente a mí con lo único que tapaba su intimidad en los tobillos y teniendo que leer un texto inculpatorio, que seguro la iba a llevar a mis rodillas. Empezó a leer, con la voz apagada.
- Señorita más alto por favor, si eres valiente para vivir al límite, lo debes ser para aceptar los riesgos.
Siguió leyendo el texto, elevando un poco la voz. El texto terminaba con un:
- De aquí en adelante haré todo lo posible para que no vuelva a suceder.
Al terminar se me quedó mirando, aunque evitantando mantener el contacto visual mucho tiempo. Le pedí el cuaderno, me lo dio, lo dejé en la mesa. La miré y sin decir nada llevé mis dedos entre sus piernas, suspiró, cerró los ojos y se sonrojó aún más cuando le dije
- Sabes que te va a caer una buena, ni he empezado y ya estás mojada?
- Puffff...sabes que esto me da mucha vergüenza.
- Ya, pero dejar todo para última hora no, verdad?
Saqué mis dedos del volcán carnoso, la cogí de una muñeca y con firmeza la puse en el lado derecho de mis piernas y de ahí a mis rodillas. Bien sujeta por la cintura con mi brazo izquierdo y mi mano derecha, acariciando sus nalgas, aun blancas y frías aunque reactivas a las caricias.
- No pienses que hoy vas a tener placer, hoy estás castigada de verdad y espero que aprendas la lección.
Al terminar el pequeño sermón las caricias pasaron a palmadas, muy suaves y progresivas, subiendo muy despacio ritmo e intensidad. Hasta darle algo de color rosado a su piel. Entonces una pausa, unas caricias, un recordatorio de los riesgos de 'vivir al límite" y al reanudar la azotaina, las palmadas pasaron a ser intensas, rápidas y muy seguidas, de esas que buscan llegar rápido al rojo vivo, con ese sonido embriagador con coros de pequeños gemidos y respiraciones profundas. Hice una pausa cuando ya lo tenía bien rojo, pero aún estaba relajada. Disfruté un rato de las vistas y las reacciones a mis dedos rozando la piel bien cocinada. Y terminé con una ráfaga de palmadas seguidas y fuertes hasta que tensó los glúteos, síntoma de que estaba picando bien.
Me detuve, dejé que el aire le refrigerase un poco el culo, pero sin acariciar dejando que notase el calor de la azotaina. Hasta que le dije.
- Levanta y ponte apoyada en la mesa en la posición de la secretaria.
Es la posición de la película. Codos apoyados en la mesa palma de las manos planas también, la espalda formando un ángulo recto con las piernas y el culo bien expuesto y ofrecido. Para mí la posición más de castigo que hay y más cuando es sobre una mesa de despacho.
- No te muevas.
Me fui hasta la mesa, abrí uno de los cajones y saqué de el un tawse de cuero marrón de dos lenguas, me fui detrás de ella, lo dejé sobre su espalda. Y le dije:
- El 20% de recargo te va a costar 20 azotes y un recargo de 20 más para igualar desde el otro lado, es lo que tiene vivir al límite.
Cogí el tawse de su espalda, su efecto es cómo el de un cinturón, pero que sea algo específico para azotar, le da una sensación de castigo especial.
El primer golpe sonó cómo un trueno y a los dos segundos de aterrizar en su piel dibujó una franja roja que atravesaba ambas nalgas. Esperé a escuchar el número y así fueron cayendo los azotes, sin prisa, bien espaciados para que sintiera bien cada mordida. Al llegar a los 20, me cambié al otro lado a mano cambiada, el truco para ser preciso es sujetar con la mano no dominante el extremo del instrumento y de nuevo lentamente, el cuero fue "acarciando su piel" hasta igualarla. Al terminar la segunda tanda de 20 dejé el tawse de nuevo en su espalda. Palpé los puntos más perjudicados de su piel, provocando algún que otro suspiró y entonces fui de nuevo al frente de la mesa, cogiendo el tawse y lo guardé. Abrí otro cajón y cogí lubricante y un plug pequeño pero ondulado de acero. Me puse de nuevo tras ella y le dije mientras lubricaba el plug.
- Manos agarrando las nalgas y ya sabes bien abierta y ofrecida.
Eso sí me costó un resoplido de desaprobación, solventando con un par de azotes con la mano, en el dolorido culo, que le quitó de golpe cualquier ganas de resistirse, cuando terminé de lubricar el plug, sus nalgas estaban separadas y su intimidad bien expuesta. Jugué un poco con el plug, lo justo para relajar y se lo inserté sin excesiva delicadeza, lo justo, me aseguré que estuviera bien insertado y fui a buscar la silla del rincón. Era una silla vieja con la estructura de madera, pero el asiento de enea o totora, que no es precisamente el material más cómodo para aposentar un culo recién azotado. La puse frente a la mesa y le dije.
- Ahora vas a escribir narrando tu castigo, siéntate y cuando estés, te espero en el salón, tráete el cuaderno, cuando vengas.
Esperé a que se sentase, entre suspiros e intentado encontrar una posición medianamente cómoda. Y entonces salí del despacho y cerré la puerta. Me senté en el sofá y me puse a ver la tele esperando.
Unos tres cuartos de hora más tarde, escuché abrirse la puerta, la vi venir con el pijama aún en los tobillos y el cuaderno en la manos hasta llegar frente a mí. Antes de nada le hice darse la vuelta, para inspeccionar bien su culoz que empezaba a tener unos puntitos azulados en los bordes de las franjas y además el relieve de las marcas del incómodo asiento de totora. Al terminar le hice darse la vuelta de nuevo y cara a cara leerme en voz alta, la narración escrita de su castigo. Cuando terminó, le cogí el cuaderno y así de pie empecé otra vez a jugar con mis dedos en su coño, demasiado mojado.
- Te has tocado?
Se puso roja la instante.
- Te dije que esto era un castigo y no habría placer.
Aún se puso más roja. La cogí del brazo y la puse otra vez en mis rodillas. Cogí la crema hidratante que había sobre el brazo del sofá y empecé a aplicarsela muy despacio y suavemente, mientras le decía.
- Procrastinar es algo a corregir, pero desobedecer un castigo, es ya una provocación en toda regla. Así que este fin de semana sólo voy a tener placer yo y cada día antes de dormir, dosis de recuerdo y a dormir boca abajo.

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