Antes de irme a trabajar el Viernes, le dejé una nota, en la puerta de la nevera. En ella había una lista de compra y unas instrucciones. También dejé una ropa preparada en la cama.
En el reparto de tareas que nos dimos en su momento, la compra o bien la hacíamos los dos juntos o bien la hacía yo y casi siempre íbamos el sábado, pero aquel fin de semana, era diferente.
Todo había empezado días antes. Ella y su caos absoluto con la rutina de sueño. Cosa que al final se transforma en malhumor, malas contestaciones y se vuelve cómo una adolescente insoportable y es ahí cuándo tengo que poner límites. Los jueves al salir de trabajar siempre queda con las compañeras para tomar algo y un jueves al mes además se van a cenar fuera, es cómo una tradición. Aquel jueves tocaba cena, pero cómo consecuencia a su actitud y problemas de sueño, le dije que aquel jueves la hora límite era medianoche. Hubo protestas, quejas y súplicas, hasta que la amenace, con dejarla castigada en casa (no sería la primera vez) y aceptó a regañadientes el toque de queda.
Pero una cosa es aceptar y la otra cumplir y así fue, llegó a las 2, dos horas mas tarde el toque de queda y más que una desobediencia, lo interpreté cómo un desafío y los desafíos necesitan de respuesta contundente, la disciplina no se puede poner en duda.
Al llegar a casa aquella tarde le encontré en la cocina, colocando la compra en silencio, llevaba puesta la ropa que le había preparado: una minifalda vaquera, una camiseta de manga larga y las primeras medias de la temporada. La cogí de la cintura por detrás, le di unos besos en el cuello y le dije:
- Así, me gusta obediente no cómo ayer.
En ese momento, la hubiera seguido besando y le hubiera dicho que todo estaba perdonado. No ! Supérate a ti mismo. No cedas a tus deseos. Resiste, demuestra que existes. Un desafío no puede quedar impune. Vete al sofá y mira hacia otro lado. Establecimos unas reglas juntos y es mi responsabilidad es hacer que se cumplan, si cedes, pierdes autoridad y los desafíos serán la norma.
- Voy a ponerme cómodo.
Me fui a la habitación, me cambié de ropa y me senté en el sofá a esperar. Minutos más tarde apareció, se intentó explicar, pero no la dejé.
- Ya sabes que tienes que hacer.
Suspiró, me sostuvo la mirada un instante, pero se dio por vencida, la instrucción era clara: "Una vez termines de colocar la compra te quiero en el salón de rodillas, las manos sobre la cabeza y esperas"
Sentado en la silla, la miro fijamente durante un largo rato. Se hace un nudo en la estómago para tratar de ocultar su vergüenza, pero ahora la conozco demasiado bien como para no saber lo que eso significa. Me gusta verla hacerse pequeña . La imagen del mujer segura y fuerte , un poco desafiante, ha desaparecido. Ahora es vulnerable, sujeta a mi disciplina, quiero se sienta como una niña castigada que se ha portado mal. Entonces me levanto, voy a dar una vuelta de tuerca más, cojo una silla y la pongo justo delante de ella, en breve yo estaré sentado en esa silla y ella sobre mi regazo y aún hago algo más, le levanto la falda, la enrollo cuidadosamente sobre su propia cintura y vuelvo al sofá, unos minutos más de tensa espera. Finalmente me levanto, me siento en la silla frente a ella y el digo que se levante. De pie le pido que se baje las medias... suspira. Pero la vergüenza es parte de la disciplina. Las medias descienden cuando están por encima de las rodillas, le digo que es suficiente, compruebo que me ha hecho caso, no dejé ropa interior en la cama. De pie frente a mí, sin derecho a cubrir su intimidad, a la vista, a mí vista. Su rostro se ruboriza, casi como un anticipo a otros rubores que están por venir. Entonces empiezan las preguntas.
¿Por qué estás castigada? ¿ Te parece una actitud adulta? ¿ Sabes que pasa cuando se incumplen las normas?
Ella responde en voz baja y aniñada y evita mi mirada. Intenta poner alguna excusa, no la dejo, luego pasa a las promesas de no repetir, le recuerdo la infinidad de promesas incumplidas. Hasta que le digo que tengo suficiente, que no quiero escuchar más, que vaya a buscar el cepillo, más bien SU cepillo de disciplina, que su actitud, es merecedora de empezar directamente con el culo al aire y el cepillo. Se da media vuelta, camina torpemente con las medias a medio muslo, sus nalgas están blancas, pero no tardarán mucho en cambiar de color. La miro fijamente mientras vuelve lleva en la mano el cepillo ovalado de ébano, cuando llega a mi altura me lo entrega, lo cojo y le indico con un gesto que se coloque en posición. Lo hace despacio. Le recuerdo las instrucciones.
- No moverse
- No poner las manos
- Mantener siempre el culo expuesto.
Dejo el cepillo sobre su espalda y hago descender un poco más las medias, es una forma de recordarle que no tiene el control, que yo decido a qué altura está su ropa. Mi mano izquierda se posa en su cadera. Y entonces le recuerdo que va a recibir un castigo severo pero merecido.
Empieza el castigo, tumbada sobre mis rodillas en un silla, aún tiene algo más infantil. No empiezo excesivamente duro, una pequeña concesión Deja escapar algunos gemidos. Si los primeros son un poco exagerados (eso es una estrategia), los siguientes serán totalmente comprensibles. Aumento la velocidad de los azotes desde la parte superior de los muslos hasta la curva de las nalgas, ni caricias, ni pausas.
Que genial instrumento de disciplina el cepillo. El diseñador de tal objeto debe haber tenido cuentas que ajustar para crear este doble y vicioso instrumento. El frente para el cabello, la parte de atrás para lo que quieras. Una nueva serie vigorosa hace que se agarre con fuerza a mi tobillo.
Empiezo a notar, cierta incomodidad, la disciplina no es agradable Pero prefiero prefiero parar. En sus nalgas aparecieron zonas blancas, señal de que la azotaina está siendo severa. La dejo una rato sobre mis rodillas, que recupere el aliento, que note el aire acariciar la piel encendida y palpitante.
Cinco minutos después, le pido que se levante y que se quede de pie frente a mí con las manos sobre la cabeza. Entonces vuelvo a insistir, en su actitud y comportamiento y termino con una advertencia.
"De ti va a depender cómo se desarrolle el fin de semana".
Entonces la envío cara a la pared. Una mujer adulta, castigada cara a la pared, mostrando su culo rojo fruto de su comportamiento.
El bonito color rojo se aprecia mejor desde el sofá. Ella inmóvil en silencio, respira profundamente. De repente me sorprende una dulce paradoja, una más. Por un lado le exijo que respete las normas que hemos fijado juntos. Por otro lado, me gusta un poco que pueda transgredirlos de vez en cuando para poder imponerle este tipo de castigo.
Me levanto y voy a buscar una cerveza a la nevera, a fin de cuentas es viernes. Me la tomo tranquilamente, mientras la observo allí es su pared más odiada, quieta, vulnerable, pero seguro que excitada.
Me vuelve a la cabeza esa idea de que es viernes, le digo que se vaya a dar una ducha, que vamos a salir y que mientras le prepararé la ropa. Otro derecho perdido con su actitud, el de elegir que ponerse. Mientras está en la ducha, miro la cartelera, el cine me parece una buena idea y un aliado para lo que tengo en mente.
Cuando aparece en la habitación, la espero sentado en la cama. Solo lleva la toalla, le pido que se la quite, lo hace, la miro y sonrío, entonces le pido que se de la vuelta, cojo la crema hidratante y empiezo a ponerle con abundancia en las nalgas, siguen rojas, calientes y sensibles. Mientras le explico, que sobre la silla he preparado un vestido, es cuatro dedos por encima de las rodillas y otras medias, pero estas, son autoadhesivas a medio muslo, le digo que hoy saldrá sin ropa interior y llevando un complemento muy especial. Entonces le pido que separé las piernas, que es incline hacia delante y lleve sus manos a las nalgas y las separé. Un poco más de vergüenza no viene mal. Obedece, imagino que aún está muy vivo el efecto del cepillo y la desobediencia no es buena idea.
Mientras lubrico el pequeño plug de acero, una joya oculta. Y allí de pie se lo introduzco jugando un poco, suelta un gemido al notar el frío acero en esa zona y otro cuando termina de entrar del todo. Cuando termino, le pido que se la vuelta, le digo que se vista y se termine de arreglar mientras me ducho yo.
Media hora después, estamos camino del centro, poco a poco vamos volviendo a la normalidad, decidimos ir a cenar primero. A la vista del resto del mundo somos una pareja más, sólo un pequeño porcentaje de gente podría notar su cierta incómodas sentada.
Después de cenar fuimos a la última sesión del cine, no creo que hubiera más de 30 personas, así que fue sencillo encontrar un par de butacas apartadas. La película era lo de menos. Cuando se apagaron las luces le dije que se levantase el vestido y se sentara directamente con la piel sobre la butaca y con las piernas ligeramente separadas. Entonces llevé mis dedos entre sus piernas, empecé a jugar por fuera con mis dedos, muy suavemente, la humedad le mojaba hasta la cara interna de los muslos, durante toda la película estuve jugando con ella, pero sin la intención de acabar...solo mantenerla en ese punto de excitación, estimulada y con el culo rojo.
Salimos discretamente con los créditos y nos fuimos para casa, nada más llegar le dije que se preparase para ir a la cama y que se fuera desnuda pero sin quitarse las medias. Yo esperé y entonces me preparé yo, mi sorpresa fue al llegar y encontrarla dormida. Le di un beso en cada nalga, la arropé y me metí en la cama, abrazándola.

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